Gandhi: Autodefensa y la no violencia activa
Todas las violencias que se ejercen contra el hombre son una violación: la violación de su identidad, de su personalidad, de su humanidad. La violencia hiere y daña la humanidad del que la sufre. Pero el hombre no siente solamente la violencia que sufre, experimenta que él mismo es capaz de ejercer la violencia sobre
otro. El hombre, cuando reflexiona, se descubre violento. Y la violencia hiere y daña en primer lugar la humanidad del que la ejerce.
Cuando siente la violencia, el hombre descubre la demanda de no-violencia que trae en sí mismo. Ciertamente, esta exigencia de la conciencia está en el hombre antes de que encuentre la violencia, pero después de haber experimentado la violencia toma conciencia de su inhumanidad, de su sinsentido. Comprende entonces que no puede
construir su humanidad sino oponiéndose a la violencia con un no
categórico.
A menudo se ha dicho que la palabra "no-violencia", por ser negativa, había sido mal escogida y llevaba consigo muchas ambigüedades. De hecho, lo que es ambiguo, son nuestras relaciones con la violencia. Esta palabra plantea preguntas, pero plantea precisamente la pregunta correcta, es decir la de la violencia. Negar la palabra no-violencia, es evitar la cuestión de la violencia. Sin embargo, esta pregunta es esencial: toca el sentido de nuestra existencia. Pero molesta, porque nos obliga a mirar de frente nuestras propias complicidades con la violencia. Al preguntarnos, la palabra no-violencia nos pone en tela de juicio a nosotros mismos. Al eliminar la palabra no-violencia, negamos la exigencia que nos presenta. Escapamos.
La palabra no-violencia es decisiva para expresar un principio es el término más justo, el más exacto, el más riguroso para expresar lo que puede significar: la negación de todos los procesos de legitimación que hace de la violencia un derecho humano. La exigencia de no-violencia es un imperativo categórico. La no-violencia no es una filosofía posible, no es una posibilidad de la filosofía, es el mero principio de la filosofía, es decir su propuesta primera y directora, su principio y su fundamento.
La opción por la no-violencia, es la actualización en nuestra propia existencia de la exigencia más profunda de la conciencia razonable y universal que se ha expresado en forma imperativa, ella también negativa: "No matarás". Esta prohibición del asesinato es esencial porque el deseo de matar se encuentra en cada uno de nosotros. El asesinato está prohibido porque siempre es posible y porque esta posibilidad es inhumana. La prohibición es imperativa porque la tentación es imperiosa; y ésa es tanto más imperativa cuanto más imperiosa es ésta.
La exigencia "no matarás" no puede aceptar ninguna excepción. Justificar una excepción, es negar la exigencia. La necesidad de matar es un desorden, no es una contraorden; no hace inocente al asesino. Necesidad no equivale a legitimidad. Justificar la violencia bajo la imagen de la necesidad, es hacer que la violencia
se transforme seguramente en necesaria. Es justificar ya todas las violencias por venir y encerrar el porvenir en la necesidad de la violencia. Las mismas religiones han vaciado de su substancia el mandamiento "no matarás" al construir doctrinas de la legítima violencia y de la guerra justa. Así se han dado la vuelta y han hecho inoperante la exigencia de la no-violencia. Entonces la historia se ha encontrado más entregada a la fatalidad de la violencia.
El principio de no-violencia implica la exigencia de buscar métodos no-violentos para actuar eficazmente contra la violencia. La experiencia de numerosas luchas ha mostrado la eficacia de la estrategia de la acción no-violenta para permitir a los hombres y a los pueblos volver a encontrar su dignidad y defender su libertad.
Esta eficacia es forzosamente relativa y el fracaso siempre es posible, pero la acción no-violenta permite al hombre tener una actitud responsable frente a la violencia de los otros hombres. Por otra parte, en numerosas circunstancias, los métodos de la acción no-violenta pueden ser utilizados por aquellos que no han optado por la no-violencia. Pero, más frecuentemente, no bastará con mostrar que la acción no-violenta puede ser eficaz para que los hombres renuncien a la violencia. Porque lo que fascina a los hombres en la violencia, no es su eficacia, sino la misma violencia. Para que los
hombres dejen de ser violentos, hace falta que cambien de actitud.
Para alejar a los hombres de la violencia, hace falta deslegitimarla. Hay que "desconstruir" la ideología de la violencia que arma sus sentimientos, su voluntad y su inteligencia. La cuestión que siempre se plantea a los que optaron por la no-violencia es la de saber cómo hubiera sido posible resistir a Hitler y hay muchas elementos de respuestas a la pregunta, pero no es la pregunta esencial. Existe una pregunta previa: saber cómo Hitler ha sido posible. La respuesta a esta pregunta permitirá responder a la pregunta decisiva: ¿cómo es posible que Hitler no sea posible en adelante? Porque, como lo enseña la sabiduría de las naciones: es mejor prevenir que curar. Hitler no ha producido los anticuerpos que hubieran permitido al pueblo alemán inmunizarse contra la ideología de la violencia que se transmite a través de la propaganda criminal
del nazismo. Para que Hitler no sea posible, para que ningún genocidio sea posible, la urgencia consiste en construir una cultura de la no-violencia que rompa los resortes de ideología de la violencia necesaria, legítima y honorable que domina nuestras
sociedades.
El que ha optado por la no-violencia tiene conciencia que ésta no puede ser absoluta, es decir, según la etimología de esta palabra, desligada de la realidad, sino que debe ser relativa, es decir ligada a la realidad. Pero si la no-violencia no puede ser absoluta, quiere ser radical (del latín radix que significa raíz), es decir que quiere "desraizar" la violencia, que pretende hacer morir la violencia destruyendo sus raíces culturales, ideológicas, sociales y políticas.
Si caigo en la trampa de la necesidad que me ha obligado a utilizar la violencia contra mi adversario, debo tener la valentía de no disculparme con cualquier justificación. Debo tomar el luto por aquel que murió por mis propias manos. El ejercicio de la violencia asesina es siempre una desgracia, un drama y un fracaso y debe ser vivido en una conducta de luto.
Es muy probable que, frente al acontecimiento, los individuos no tengan la misma apreciación de los criterios de la necesidad de recurrir a la violencia. Esta apreciación es ampliamente determinada por la historia de los individuos. No se fundará en primer término sobre criterios racionales, sino sobre la capacidad de cada quien de dominar sus emociones y sus miedos. Pero, sobre todo, cada individuo determinará su actitud personal en función de una elección existencial que compromete la significación misma de su existencia. Antes de ser un método de acción, la no-violencia es en primer lugar y esencialmente una actitud. Es la actitud ética y espiritual del hombre puesto de pie que reconoce la violencia como la negación de la humanidad, a la vez de su propia humanidad como de la humanidad del otro, y que decide negarse a someterse a su ley. Tal actitud se funda en la convicción existencial que la no-violencia es una resistencia a la violencia más fuerte que la contra-violencia, ésta, finalmente, no permite combatir el sistema de la violencia porque ella misma es parte de la violencia, y sólo la alimenta. Ciertamente la no-violencia es un riesgo, pero precisamente este riesgo da un sentido a la vida del hombre. La trascendencia del hombre, es esta posibilidad de tomar el riesgo de morir para no matar, más que tomar el riesgo de matar para no morir.

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